El sobrecoste de una reforma empieza antes de la obra
Decidir, comprender y coordinar mientras cambiar todavía resulta barato
Cuando una reforma supera el presupuesto previsto, resulta natural buscar el momento exacto en que comenzó la desviación. Se revisan las certificaciones, las facturas, las modificaciones y las partidas adicionales. Se intenta identificar una causa concreta: el material que se sustituyó, la instalación que hubo que rehacer, el trabajo que no estaba presupuestado o la ampliación incorporada durante la ejecución.
Ese análisis es necesario, pero con frecuencia comienza demasiado tarde.
La obra puede haberse encarecido semanas o meses antes de que apareciera el primer coste adicional. Empezó a hacerlo cuando una decisión importante quedó pendiente, cuando una solución se aceptó sin comprender suficientemente sus consecuencias o cuando se decidió iniciar los trabajos confiando en resolver durante la ejecución aquello que todavía no estaba estudiado.
El sobrecoste visible pertenece a la obra. Su origen puede pertenecer al proyecto.
Esto no significa que todos los problemas puedan anticiparse. Una reforma actúa sobre una realidad parcialmente conocida. Al demoler aparecen instalaciones ocultas, elementos deteriorados, estructuras distintas de las previstas y condicionantes que ningún estudio razonable habría permitido conocer con certeza. También pueden cambiar las necesidades del cliente, desaparecer un material del mercado o producirse circunstancias externas imposibles de prever.
Planificar no consiste en adivinar el futuro. Consiste en evitar que la incertidumbre que sí podía haberse reducido llegue intacta al momento más caro del proceso.
Dos baños y una representación insuficiente
Un trabajo relativamente pequeño me permitió comprobar con claridad hasta qué punto una decisión puede estar aparentemente explicada y, sin embargo, no haber sido comprendida.
El encargo consistía en reformar dos cuartos de baño: uno de dimensiones habituales y otro extremadamente reducido. Los propietarios hablaban con soltura sobre espacios, materiales y cuestiones técnicas. Esa familiaridad hacía pensar que la propuesta podría explicarse con facilidad y que los planos serían suficientes para valorar las distintas alternativas.
No fue así.
La distribución se explicó verbalmente y se representó mediante plantas bidimensionales. Existían medidas, posiciones de los aparatos sanitarios, recorridos y referencias suficientes para analizar el espacio. Sin embargo, los propietarios no terminaban de percibir cómo funcionaría realmente el baño más pequeño ni por qué la solución que inicialmente preferían presentaba limitaciones importantes para un uso prolongado.
No faltaba información en sentido estricto. Faltaba una representación que permitiera convertir esa información en una experiencia espacial comprensible.
Una persona no puede decidir con criterio aquello que todavía no es capaz de imaginar.
La dificultad no tenía que ver con que los propietarios supieran o no supieran de arquitectura. Incluso una persona acostumbrada a hablar de dimensiones, materiales o distribuciones puede tener problemas para reconstruir mentalmente un espacio inexistente, especialmente cuando sus dimensiones son muy ajustadas y unos pocos centímetros alteran las condiciones de paso, la apertura de una puerta o la comodidad de utilización.
Herbert Simon utilizó el concepto de racionalidad limitada para explicar que las decisiones reales se adoptan bajo restricciones de información, tiempo y capacidad de procesamiento. En un proyecto, estas limitaciones no afectan únicamente al cliente. También condicionan al técnico, al contratista y a cada uno de los especialistas que intervienen. Ningún participante comprende de manera espontánea todas las variables y dependencias del conjunto.
Cuando se elaboró el modelo tridimensional y se generaron las imágenes correspondientes, la conversación cambió. Los propietarios pudieron percibir las proporciones, entender la estrechez de determinados pasos y comprobar por sí mismos que la distribución que deseaban no era la más adecuada para convivir con ella durante años.
No cambiaron de opinión por capricho ni por falta de criterio. Cambiaron porque comprendieron algo que hasta entonces solo conocían de manera abstracta. La realidad futura no se había modificado; había mejorado la calidad de la información con la que podían decidir.
El modelo también resultó útil para el contratista. Le permitió entender mejor el resultado esperado, identificar los puntos delicados de la ejecución y anticiparse a ellos. Algunas dificultades nunca llegaron a convertirse en problemas porque habían sido reconocidas antes de materializarse.
El valor profesional del modelo tridimensional no se encontraba, por tanto, en producir una imagen atractiva. Se encontraba en desplazar una decisión hacia un momento en el que todavía era posible modificarla sin demoler, retrasar trabajos ni asumir costes adicionales.
Esto no convierte al 3D en una herramienta infalible. Un modelo puede contener errores, simplificar cuestiones no resueltas o transmitir una falsa sensación de certeza. Tampoco sustituye a los planos técnicos, las mediciones, los detalles constructivos ni las especificaciones necesarias para ejecutar correctamente la obra.
Su función es distinta: permite que personas que interpretan la información de manera diferente compartan una representación suficientemente coherente de aquello que se pretende construir.
El proyecto no está suficientemente comprendido cuando lo entiende quien lo ha diseñado, sino cuando quienes deben decidir y ejecutar comparten una representación coherente del resultado.
La relevancia del caso reside también en su escala. No se trataba de un gran edificio ni de una operación económicamente excepcional. Eran dos baños. Sin embargo, un cuarto de baño pequeño puede concentrar una elevada densidad de decisiones: aparatos sanitarios, recorridos, puertas, pendientes, desagües, impermeabilización, revestimientos, ventilación, iluminación y encuentros entre materiales.
La complejidad de un proyecto no se mide únicamente en metros cuadrados.
Cuando las alternativas superan a los criterios
Quien se plantea reformar una vivienda dispone actualmente de una cantidad casi ilimitada de referencias. Puede consultar cocinas, baños, pavimentos, luminarias, distribuciones y soluciones constructivas procedentes de contextos muy distintos. Ese acceso ha ampliado la cultura visual de los clientes y ha obligado a los profesionales a explicar mejor sus decisiones.
Sin embargo, disponer de más alternativas no equivale necesariamente a decidir mejor.
Una fotografía permite apreciar un resultado visible, pero rara vez muestra las condiciones que lo hicieron posible: dimensiones, orientación, estructura, presupuesto, instalaciones, normativa, mantenimiento o necesidades concretas de quienes utilizan el espacio. Dos soluciones visualmente semejantes pueden responder a circunstancias completamente distintas.
La abundancia de referencias no es el problema por sí misma. Puede ser útil cuando las preferencias están formadas y existen criterios para comparar. Se vuelve difícil de gestionar cuando las posibilidades crecen más deprisa que la capacidad para ordenarlas y comprender sus consecuencias.
La función del proyecto no debería ser añadir opciones de manera indefinida, sino transformar deseos dispersos en prioridades compatibles.
En una fase inicial casi todo parece posible. Se desea una distribución abierta, abundante almacenamiento, amplias superficies libres, instalaciones ocultas, materiales singulares, facilidad de mantenimiento, rapidez de ejecución y un presupuesto contenido. Cada aspiración puede ser razonable por separado. El conflicto aparece cuando todas deben coexistir en el mismo espacio, dentro del mismo plazo y con recursos limitados.
Diseñar también consiste en descartar.
Una decisión madura no es aquella que carece de inconvenientes, sino aquella en la que se comprenden las ventajas que se obtienen, las renuncias que se aceptan y los riesgos que permanecen. El trabajo intelectual del proyecto sucede, en buena medida, al ordenar estas tensiones antes de que se conviertan en incompatibilidades construidas.
Mientras las decisiones permanecen sobre el papel, todavía puede desplazarse un tabique, modificar una puerta o reconsiderar una instalación con un coste limitado. Cuando comienza la ejecución, cada solución queda vinculada a pedidos, mediciones, contratos, trabajos anteriores y decisiones posteriores.
Por esa razón, la obra no es el lugar adecuado para continuar diseñando como si todavía se estuviera ante una hoja en blanco. Puede ser necesario modificar una solución e incluso puede ser conveniente hacerlo, pero entonces ya no se altera una idea aislada. Se interviene sobre un sistema parcialmente construido.
Una piscina dentro de un salón ya construido
En toda obra aparecen cambios. Algunos se deben a condiciones descubiertas durante la ejecución. Otros responden a nuevas necesidades o mejoran realmente el resultado. Cambiar no es necesariamente un error.
El problema aparece cuando una modificación que parece concreta altera un sistema ya diseñado y parcialmente construido.
En una vivienda cuya ejecución se encontraba considerablemente avanzada, se decidió incorporar una piscina interior. No se trataba de añadirla en una parcela exterior todavía pendiente de urbanizar. La piscina debía construirse dentro del salón, ocupando una parte de un espacio recientemente ejecutado y relacionándose con un patio inglés.
La decisión podía ser legítima y el resultado deseado podía justificarla. Sin embargo, describirla únicamente como «hacer una piscina» ocultaba casi toda su complejidad.
El salón disponía ya de suelo radiante. Para introducir la piscina era necesario intervenir sobre una superficie recién construida y cortar el suelo con gran precisión, de manera que pudiera retirarse la parte afectada sin inutilizar el sistema que debía continuar funcionando en el resto de la estancia.
No bastaba con demoler una zona y reconstruirla después. Había que identificar la posición de las conducciones, proteger los circuitos que debían conservarse y modificar únicamente aquello que resultaba imprescindible. Un error podía inutilizar parte del suelo radiante recién ejecutado y obligar a intervenir sobre una superficie mucho mayor.
El salón no dejaba de ser salón, pero una parte de él pasaba a albergar una instalación con exigencias ambientales completamente distintas.
Una estancia de uso residencial y un recinto con piscina interior no requieren las mismas condiciones de temperatura y humedad. La presencia permanente de una masa de agua incrementa la evaporación y modifica el comportamiento higrotérmico del espacio. Era necesario reconsiderar la climatización, la ventilación, la deshumidificación y la forma de impedir que las nuevas condiciones afectaran negativamente al resto del salón.
La solución debía permitir la convivencia de dos usos dentro de una misma zona: una piscina interior con necesidades específicas de control ambiental y un salón que debía seguir siendo confortable, conservar operativo el suelo radiante restante y evitar condensaciones, humedades o degradaciones en los acabados.
La conexión con el patio inglés añadía nuevas relaciones espaciales y técnicas. También debían resolverse las instalaciones propias de la piscina, los desagües, la impermeabilización, las conexiones eléctricas, los recorridos, los encuentros constructivos, los acabados y la secuencia de los nuevos trabajos.
Cada una de estas cuestiones dependía de elementos que ya habían sido definidos o ejecutados.
El cambio no consistía, por tanto, en sumar una partida al presupuesto. Obligaba a desmontar parcialmente una solución terminada, proteger aquello que debía conservarse y rediseñar el funcionamiento técnico de una zona completa de la vivienda.
Una obra no se descontrola porque cambie. Se descontrola cuando cambia el alcance y se pretende conservar intactos el coste, el plazo y los recursos.
El caso muestra además por qué el coste de una modificación tardía puede ser difícil de estimar cuando se plantea. El precio de construir el vaso y las instalaciones de la piscina era solo una parte. A él debían añadirse la intervención sobre el suelo radiante, la redefinición de las condiciones ambientales, la adaptación de instalaciones ya proyectadas, la alteración de trabajos recién ejecutados y la nueva coordinación entre sistemas que inicialmente no debían convivir.
La petición podía expresarse en una frase sencilla. Su incorporación a la obra no lo era.
En construcción, el objeto visible suele representar solo una parte de la decisión. Detrás existe una red de dependencias que el cliente no tiene por qué conocer, pero que el proyecto y la dirección de obra deben revelar antes de aceptar el cambio.
Gestionar una modificación no significa impedirla. Significa analizar qué mejora, qué afecta, cuánto cuesta realmente y qué consecuencias produce sobre el plazo y las decisiones anteriores. Después de esa valoración, el cambio puede seguir siendo conveniente. La diferencia es que habrá dejado de ser una incorporación aparentemente aislada para convertirse en una decisión consciente sobre el conjunto.
Cuanto más avanzada está una obra, más decisiones dependen de lo ya construido. Por eso el coste de un cambio no se encuentra únicamente en el nuevo elemento, sino también en todo aquello que debe modificarse, protegerse o volver a coordinar para hacerlo posible.
De seis meses a dieciocho
El plazo está sometido a un mecanismo semejante.
Una reforma prevista inicialmente para seis meses terminó prolongándose durante dieciocho. Durante las primeras fases existió la impresión de que los trabajos avanzaban con rapidez. Algunas actividades se completaron antes de lo esperado y esa ventaja generó una sensación de holgura.
Parecía que existía margen.
Sin embargo, estar adelantado en una actividad concreta no significa disponer de tiempo libre en el proyecto completo.
El progreso de una obra no es lineal. La demolición y ciertos trabajos iniciales producen transformaciones visibles con rapidez. Las fases posteriores dependen de decisiones pendientes, fabricación, suministros, secados, coordinación entre oficios, pruebas, correcciones y remates. Además, no todas las actividades tienen el mismo efecto sobre la fecha final.
Una semana ganada en un trabajo que no condiciona a los siguientes puede no producir ninguna reducción real del plazo total. Del mismo modo, una decisión pendiente durante varios días puede paralizar actividades sucesivas y generar una demora muy superior a su duración aparente.
La ventaja inicial puede desaparecer sin que se perciba de inmediato, especialmente cuando se utiliza para incorporar nuevos trabajos o mantener abiertas decisiones que deberían haberse cerrado.
A medida que se añaden actuaciones, cada incorporación crea sus propias dependencias. Puede requerir nuevos pedidos, modificar el trabajo de un industrial, alterar una secuencia o impedir cerrar una zona que parecía terminada. El plazo no aumenta necesariamente por la duración directa de cada nuevo trabajo, sino por la forma en que este se introduce en una organización ya existente.
La falacia de la planificación ayuda a comprender parte de este fenómeno. Las personas tienden a estimar la duración construyendo una historia coherente sobre cómo debería desarrollarse el proyecto concreto. Se presta menos atención a cuánto han durado realmente otros proyectos comparables y a la frecuencia con la que aparecen cambios, dependencias, suministros demorados y correcciones.
La planificación interna describe el itinerario previsto. La visión externa obliga a contrastarlo con experiencias semejantes.
Ninguna comparación permite conocer con exactitud cuánto durará una reforma. Sin embargo, sí permite distinguir entre una duración técnicamente posible y una duración probable. Confundir ambas conduce a calendarios que solo funcionan si nada relevante se desvía, ninguna decisión se retrasa y ningún trabajo adicional se incorpora.
Un plazo de seis meses puede ser técnicamente posible y, al mismo tiempo, poco probable dadas las condiciones reales del encargo. Presentarlo como una previsión firme no reduce la incertidumbre: la oculta.
El optimismo puede ser útil para iniciar un proyecto. No puede sustituir al análisis de dependencias, riesgos y antecedentes.
La coordinación y la responsabilidad compartida
El cliente percibe la obra a través de objetos y resultados visibles. Elige un pavimento, una luminaria, una puerta, un sanitario o un mueble. Desde su perspectiva, cada decisión puede parecer concreta y delimitada.
La ejecución depende, sin embargo, de una coordinación que rara vez resulta visible.
Antes de colocar un pavimento deben haberse definido el soporte, las cotas, los encuentros, los espesores, el orden de los trabajos, la compatibilidad con las instalaciones, la disponibilidad del material y las condiciones de colocación. La dificultad no reside únicamente en ejecutar correctamente cada operación, sino en asegurar que las decisiones de profesionales distintos forman parte de una misma obra.
Cada especialista puede realizar adecuadamente su trabajo y, aun así, producirse un mal resultado si nadie coordina sus entradas, sus tiempos, sus límites y sus dependencias.
La dirección de proyectos no sustituye a los técnicos ni a los industriales. Hace posible que sus decisiones no permanezcan aisladas.
Cuando la coordinación funciona, una parte de su valor pasa inadvertida. No existe una fotografía del retraso que no llegó a producirse, de la incompatibilidad detectada antes de ejecutar o del trabajo que no fue necesario rehacer. La gestión se juzga con frecuencia por los documentos que produce o por los problemas que resuelve de manera visible, aunque una parte importante de su aportación consista precisamente en evitar que ciertos problemas lleguen a existir.
En este sistema, el cliente no debe presentarse como responsable automático de los cambios. Puede modificar una decisión por impulso o indecisión, pero también porque el proyecto no le permitió comprender suficientemente el resultado antes de iniciar los trabajos.
La expresión «ahora que lo veo» suele aparecer cuando el espacio empieza a adquirir forma física. En ese momento se perciben proporciones, recorridos o relaciones que no habían podido reconstruirse a partir de explicaciones y planos.
No es necesariamente una manifestación de capricho. Puede ser la consecuencia de una comprensión que ha llegado demasiado tarde.
La responsabilidad profesional consiste en desplazar ese momento hacia atrás mediante modelos, muestras, visitas a espacios comparables, alternativas explicadas y decisiones documentadas. El cliente mantiene la facultad de decidir, pero el técnico debe proporcionarle condiciones suficientes para comprender las consecuencias de su elección.
Esta obligación también exige revisar los sesgos profesionales. El arquitecto, el ingeniero o el contratista pueden defender una solución por costumbre, comodidad o exceso de confianza. La autoridad técnica no convierte automáticamente una propuesta en la mejor alternativa. Debe justificarse en relación con el uso, las restricciones, el presupuesto y el plazo.
El modelo tridimensional no debería utilizarse para imponer una idea. Debería permitir compararla.
Mejorar la capacidad de decisión del cliente no significa conducirlo hacia una respuesta predeterminada, sino permitir que valore opciones cuyas consecuencias han sido explicadas con honestidad.
Planificar no significa impedir que la obra cambie
Sería ingenuo afirmar que todo debe quedar decidido antes del comienzo. Ningún proyecto real alcanza ese grado de certeza.
Existe información que solo aparece al intervenir. Hay oportunidades que puede merecer la pena aprovechar y necesidades que cambian de manera legítima. Una obra completamente incapaz de adaptarse puede estar tan mal gestionada como otra sometida a modificaciones continuas.
La diferencia no reside en admitir o prohibir los cambios, sino en el momento y en las condiciones en que se adoptan.
El mejor proyecto no es el que evita todos los cambios. Es el que consigue que la mayor parte de ellos suceda antes de comenzar la ejecución.
Planificar significa cerrar aquello que ya puede decidirse, identificar aquello que todavía se desconoce y establecer cómo se actuará cuando aparezca nueva información. Significa también reconocer que cada decisión posee un momento más o menos adecuado: cuanto más avanza la obra, mayor es el número de elementos vinculados a ella y más costosa resulta su modificación.
El verdadero trabajo del proyecto consiste en reducir incertidumbre antes de que las decisiones se vuelvan costosas de modificar.
Esto exige formular preguntas que el cliente todavía no sabe que necesita responder, detectar las condiciones capaces de invalidar una solución, ordenar alternativas, anticipar dependencias y mostrar las consecuencias de cada elección.
También exige reconocer los límites. Ningún plano elimina los imprevistos, ningún presupuesto garantiza una cifra invariable y ninguna planificación convierte la obra en un proceso mecánico.
Reducir incertidumbre no equivale a prometer certeza. Equivale a distinguir entre aquello que todavía no puede conocerse y aquello que simplemente se ha dejado sin decidir.
Cuando una distribución se corrige en un modelo, una instalación se coordina en un plano o una incompatibilidad se resuelve durante una reunión, puede parecer que la obra no ha avanzado. No se ha colocado un material, no se ha cerrado una partida y no existe una transformación física que pueda fotografiarse.
Sin embargo, ese trabajo previo puede representar uno de los mayores avances del proyecto.
Una decisión bien comprendida evita que el cliente descubra demasiado tarde qué había elegido. Una incompatibilidad detectada antes de ejecutar evita que varios trabajos correctos por separado produzcan un resultado incorrecto en conjunto. Un cambio valorado en todas sus consecuencias permite decidir si la mejora justifica realmente su coste y su efecto sobre el plazo.
La ejecución comienza cuando llegan los operarios y las máquinas. La obra, entendida como sistema de decisiones, empieza bastante antes: cuando quienes deben promoverla, diseñarla y construirla alcanzan una comprensión suficiente para saber qué están haciendo, qué han decidido y qué consecuencias han aceptado.
Bibliografía de apoyo
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Schwartz, Barry. The Paradox of Choice: Why More Is Less. Ecco, 2004.
Simon, Herbert A. Models of Man: Social and Rational. Wiley, 1957.
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